Los Perros de Pavlov

¿Alguna vez se te ha hecho la boca agua al oler una comida bien rica? ¿Alguna vez te ha pasado que te despiertas justo antes de que suene la alarma, como si tu mente supiese la hora que es? ¿O que te entra hambre, con sensación de estómago vacío cuando sin haber comido, llega la hora en la que estás acostumbrada a comer? ¿O que cuando alguien expulsa un gas te tapas la nariz antes de que te llegue el olor?

¿Te ha pasado alguna vez, que cuando tu madre pone esa cara de reproche, ya te pones en guardia sabiendo que viene una discusión? ¿Que cuando tu jefa te llama al despacho, te pones tensa pensando en qué has metido la pata? ¿Que te pones nerviosa cuando ves una moto de la guardia civil conduciendo detrás de ti en la autopista durante un minuto, y ya piensas que quizás has cometido alguna infracción? ¿Que te has puesto tensa al cruzarte sola en una calle oscura, con alguien con mala pinta?

¿Te ha pasado alguna vez que al oler un perfume determinado has entrado en un estado de alerta y ansiedad, para luego recordar que era la misma fragancia que utilizaba tu agresor? ¿Qué cuando estabas disfrutando de los preliminares sexuales con tu pareja, de repente te bloqueaste y quedaste fría, al recordar una escena de los abusos sufridos? ¿Que cuando ese hombre invadió un poco tu espacio personal en esa fiesta, te enfadaste y reaccionaste mal, de forma exagerada, e hiciste lo posible por salir de ahí, con el corazón a mil por hora a punto de un ataque de ansiedad? Son circunstancias posibles para personas que han sufrido abuso sexual.

Déjame hablarte de los perros de Pavlov. No pares de leer si te resulta un poco teórico o complicado de entender. Más adelante lo explico. Es algo que vale la pena entender.
Iván Pávlov, científico ruso, ganador del Premio Nobel de Medicina en 1904, se encontraba investigando la fisiología de la salivación en los perros. ¿Qué tendrá que ver la salivación de los perros con las consecuencias del abuso sexual en mi infancia dirás? La verdad es que mucho.
Pavlov medía el flujo de la saliva al colocarles comida en la boca. Un día observó que al entrar a su laboratorio y darles comida, los perros ya salivaban al verle . Los perros relacionaban el momento de recibir comida con su presencia. Incluso escondiendo la comida tras una compuerta, seguían salivado en el momento de verle a él, aún sin ver la comida. A continuación complicó un poco más el experimento. Tocaría una campana e inmediatamente después les serviría la comida. Tras repetir esto muchas veces, resultó que los perros salivaban de la misma forma al oír la campana, aún sin enseñarles la comida. A este reflejo se le llamó “condicionamiento pavloviano”. El experimento se conoce como "Los perros de Pavlov".

Hace unos meses sufrí un accidente bastante grave. Me apoyé en una valla de madera que cedió, ya que estaba podrida. Me caí al vacío y del impacto me fracturé 8 costillas, el esternón, la escápula del hombro y tres vértebras. El dolor fue tremendo. Tardé tres meses en recuperar la movilidad y el médico forense ha constatado que me quedarán secuelas permanentes con las que tendré que aprender a vivir. Me conviene fortalecer todo lo posible la musculatura de la espalda para sobrellevar las lesiones en las vértebras.
Cada vez que ahora bajo las escaleras voy con mucho más cuidado, con la mano en la barandilla. Cada vez que camino en un sitio con pendiente, me siento inseguro y voy con más miedo que antes. Cada vez que veo una escena en una película, de una caída, se me revuelve el estómago. Ya no soy el de antes. Al igual que los perros de Pavlov que salivaban con tan solo oír la campana, yo "segrego" miedo y desconfianza cada vez que una situación me recuerda la caída que sufrí.
Los abusos sexuales producen en la mente respuestas similares. Aprendemos a tenerle miedo a un peligro potencial. Es un mecanismo de supervivencia. Aprendes que un coche te puede atropellar y a tener cuidado para sobrevivir. Aprendes que el fuego quema para sobrevivir. Estamos llenos de mecanismos de supervivencia. Son respuestas ante un estímulo. Son reacciones a algo que nos sucede.

Lo curioso es cuando el estímulo no está y la respuesta sí. La acción no existe en la realidad, tan solo algo que nos lo recuerda. La comida no la tengo delante, pero el olor sí. El fuego no me está quemando, pero si me ha llegado el olor a quemado. El tipo de la calle no me está atracando pero tiene mala pinta. No estan abusando de mí en ese momento, pero ese olor, esa frase, esa mirada, ese roce, esa circunstancia... ¡Hace que se disparen todas las alarmas!

Recuerdo el día que mi hijo pequeño, Robin, fue testigo de cómo casi atropellan a su primo Rodrigo. Durante mucho tiempo estuvo pendiente, de una forma un poco exagerada, de mi forma de conducir. Llamándome la atención cada dos por tres de los peligros que habían a nuestro alrededor. Robin "salivaba" antes de ver la comida, tan solo con el sonido de la campanilla. Robin se anticipaba al posible atropello. El miedo es un mecanismo de supervivencia, pero puede convertirse en algo que no nos deje vivir en paz.

Si tu miedo te impide tener una relación de pareja en paz, puede ser porque vivas en constante alerta por el posible daño que evitas sufrir. El miedo, en su justa medida, nos ayuda. Hace que salgamos corriendo si nos persigue un perro rabioso. Pero si ante un simple ladrido que oímos en la distancia, nos ponemos nerviosos y salimos corriendo... Entonces ese miedo no nos beneficia. No podemos vivir en alerta constante. Es agotador y nos impide disfrutar de la vida y de relaciones saludables.

María, superviviente de abuso sexual, sufre mucho de tensión acumulada en la zona de nuca y hombros. De vez en cuando no lo puede soportar y visita al fisioterapeuta. Siempre le dicen que tiene que aprender a relajarse. Sin darse cuenta vive en una alerta constante. Vive las emociones con mucha intensidad y le cuesta relajarse. El año pasado comenzó con ejercicios de Mindfulness y le vinieron muy bien. Es todo un camino que ha andado para llegar hasta el punto de comenzar a bajar el nivel de alerta, desde joven: romper el silencio, establecer la responsabilidad del abuso, sentir las emociones, entender las consecuencias, encontrar apoyo profesional, de otras supervivientes, de familiares y amigos, confrontar al agresor, perdonar, aprender nuevos comportamientos saludables, etc.
Hemos podido ver cómo María, con sus errores y sus aciertos, ha sido capaz de ser una buena madre con sus hijos, una buena compañera de camino de su marido, una buena amiga y alguien que ayuda a muchas supervivientes a salir adelante. Pero el tema de seguir alerta y en tensión constante sigue siendo un caballo de batalla que, unos meses va mejor y otros un poco menos.
Los que vivimos con supervivientes, debemos recordarles lo mucho que ya han superado, que seguimos creyendo en ellas, que estamos orgullosos de lo fuertes que son y que no pasa nada si tienen algunos días no tan buenos.

Recuerdo la historia que nos contó Theo (un amigo psicólogo, experto en casos de ASI), en la que mencionaba una paciente suya que había sido enfermera jefa de planta en un hospital. Era la mejor. Siempre alerta, no se le escapaba una. Sin embargo, al comenzar el proceso de sanación de los abusos sexuales que sufrió en la infancia, comenzó a bajar el nivel de alerta y cometió algunos errores por primera vez en su vida profesional al olvidar determinadas cosas. ¡Su relajación llegó hasta tal punto que decidió cambiar de profesión!

Muchas personas que han sufrido abuso sexual en la infancia o adolescencia, no han vuelto a sufrir abusos. Otras sí. Sin embargo viven sus vidas como si esos abusos fuesen todavía una situación presente y actual. El miedo mantiene viva esa realidad. Recuerdo a mi hijo mayor, cuando sufría miedos irracionales. Lo pasaba muy mal con la idea de que mi mujer y yo pudiésemos morir en un accidente de coche. Una de las frases que le dijo nuestra amiga psicóloga infantil fue: "Es posible pero no probable." Lo mismo podemos aplicar a una nueva posibilidad de sufrir abusos en el futuro.

También es importante notar que que has sobrevivido a los abusos. Es probable que haya daños serios en tu psique y emociones, necesitados de cura, pero aquí estás, superviviente. Ahora eres más fuerte. Has crecido. Ya no eres esa niña indefensa o ese niño indefenso.

El camino para vencer al miedo irracional es el de crecer como personas. Al igual que yo con mi espalda, debemos fortalecer las áreas que han sido dañadas. Debemos trabajar esas zonas más vulnerables. Siempre nos tocará vivir con las secuelas, pero fortaleciendo la musculatura alrededor, nos afectarán menos. Podremos llevar vidas más saludables y disfrutar de los muchos regalos que nos quedan por abrir.