En el taller de Muñecas

Yo era una niña, allá a finales de los años 70 y comienzos de los 80. Me encantan las muñecas. De pequeña jugaba con las Barriguitas, que eran pequeñitas y regordetas. Me encantaban los Nenucos (que echaban pompitas por la boca cuando apretabas el brazo) y los bebés a tamaño real que si les quitabas el chupete lloraban. ¿Has tenido alguno? Mi hermano solía fastidiarme quitándole el chupete para hacerme llorar. Me daba tanta pena el llanto del muñeco que me ponía a llorar desconsoladamente. Pero las muñecas que más me gustaban eran las Nancys. Eran mis favoritas. ¿Qué muñecos eran tus favoritos? Las Nancys eran  guapas, de cuerpo femenino pero sin medidas imposibles, de cara bonita pero sin maquillaje sensual.

Hace un par de años me di cuenta, a través de Facebook, que estaba en auge la compraventa de muñecas de Nancy. Yo tenía unas pocas muñecas de colección que me había regalado mi marido. Eran reediciones que recordaban a las muñecas antiguas de los años setenta y ochenta. Mis Nancys ya valían más de lo que costaron cuando me las compró Joel. Su precio se había duplicado. Las que más costaban eran las originales más antiguas. Se sabía su edad por detalles como el que la marca “Famosa” apareciese escrita en la nuca. Luego las había más valiosas por un tipo de ojos que se denominaba de “tipo margarita”. Eran ojos preciosos, con un color y un dibujo especial. Si a una Nancy de poco valor, le cambiabas los ojos por unos de “tipo margarita”, ya la podías vender por 50 euros más. Poco a poco, sin darme casi cuenta, me metí en el negocio. Primero compré algunas que me gustaron, pero me quedé sin dinero para algo tan caro. Entonces convencí a la familia que para mi cumpleaños no me comprasen regalos por separado sino que juntasen el dinero y así me pudiese comprar una preciosa Nancy negra ¡con unos rizos que me encantaban! El siguiente paso es que vendía alguna Nancy mía y con ese dinero compraba otra que yo sabía que estaba muy barata y que iba a poder vender por el doble o más. ¡Me costaba mucho decidirme de cuál muñeca desprenderme porque eran todas preciosas!

Entonces me di cuenta de que algunas personas compraban Nancys sucias, defectuosas o rotas, las arreglaban y reparaban para después venderlas por mucho más. Convencí a Joel, que es un poco manitas, para que me ayudara a arreglar Nancys. Las compraba con piernas o brazos rotos, cuerpos desgarrados, ojos hundidos, sin pestañas, pintadas con boli, tintadas, con el pelo estropeado y sucio, etc. Era una pena verlas. Joel las pegaba con un pegamento especial, yo las lavaba, echaba suavizante, perfumaba y vestía con ropa nueva y colorida. ¡La transformación era total! Me daba mucha satisfacción ver el resultado. Entonces me las quedaba unos meses en la vitrina, las peinaba de vez en cuando, las cambiaba de ropa, las disfrutaba. Entonces las vendía por mucho más valor y hacía muy feliz a la persona que me la compraba. ¡Somos muchos frikis sueltos en el mundo! ¡Otras personas coleccionan sellos, serpientes o conchas de la playa y nadie les dice nada!

Pensando en las personas que somos supervivientes de abuso, una de las cosas que tenemos en común es la baja autoestima. Sentimos que somos de poco valor. Cuando te hacen lo que te hacen de pequeña, el mensaje que recibes es que no mereces ser amada, no vales lo suficiente. Si fueses de valor, no te habrían hecho lo que te hicieron. Es como esas Nancys rotas, tullidas, estropeadas, manchadas por el descuido y la agresión. A primera vista casi no valían nada. Por eso las personas que las vendían lo hacían tan barato. ¡No eran conscientes de su valor! No entendían que si ponía escrito famosa en la nuca, tenía los tobillos gordos y los ojos margarita, ¡podría venderla por 300 o 400 euros! Sin embargo te la vendían por 150 y algunas personas que no tenían ni idea ¡te la vendían en 50 euros! Lo único que necesitaban era un lavado de cara y unos arreglos. Algunas reparaciones requerían de mucha paciencia y delicadeza. Eran un poco más complejas. Joel utilizaba pinzas, pegamento, pistola de calor y mucha templanza.

Yo las compraba ya sabiendo cual era su valor real. Tenía fe en cuál era su verdadero precio. Las apariencias no me engañaban porque yo conocía los detalles que realmente determinaban su valor. La palabra “ser humano” escrita en tu nuca dice que tienes un valor incalculable. Tus ojos, te convierten en alguien única e irrepetible. Son como la huella digital, no hay nadie como tú. Y quizá tu no ves más que las roturas y manchas. Yo era así también. Los abusos que sufrí sembraron en mí la mentira de que yo era fea y de poco valor. Entonces conocí a gente buena que creyeron en mí, tuvieron fe en mí y vieron más allá de mis defectos, de mi fealdad, de mi carácter roto y mis ojos hundidos por la tristeza. Poco a poco me convencieron de que el juguetero que me había fabricado no se había equivocado sino que había hecho de mí, una preciosa obra de arte. Me invitaron a entrar en sus talleres de reparación y con mucha delicadeza, compasión y afecto, comenzaron la difícil tarea de reparación. Con el tiempo, aprendí también a cómo usar las mismas herramientas y reparar mis heridas y con el tiempo, también el de otras personas.

No permitamos que nuestros desgarros y marcas nos impidan ver con ojos de fe. Seamos humildes y admitamos nuestra necesidad de reparación. Encontremos otros juguetes en los que veamos las cicatrices de las reparaciones y comencemos el baile de la restauración.

Josefina y Joel de Bruine