Los Senderos del Bosque

Recuerdo cómo a los 12 años mi abuelo holandés me pagaba 10 florines (la moneda local de Holanda de aquel entonces) por despejar con un rastrillo, las hojas caídas de los senderos de un pequeño bosque, de casi una hectárea, de su propiedad. La finalidad era la de inculcar una cultura de esfuerzo y trabajo en su nieto. Si habían pasado varios meses sin limpiar, era casi imposible ver a simple vista por dónde iban los senderos. Un manto de hojas los cubría por entero. Pero el hecho de que no se vieran, no significaba que no estuviesen ahí.

Todavía me asalta el olor a tierra húmeda y el tacto de las hojas caídas. Los mejores veranos de mi infancia están repletos de recuerdos de la casa, el jardín y el bosque de mis abuelos. Construía cabañas clavando cientos de clavos. Aprendí a disparar con la escopeta de perdigones. Escalaba  y dejaba que el viento me meciera en la copa del roble más alto. Nuestra abuela nos hacía zumo de naranja y nos metía prisa diciendo que lo bebiésemos antes de que desaparecieran las vitaminas. El olor de los puros que fumaba mi abuelo, el hombre más alto del mundo.

Un día, decidí crear un sendero nuevo con una pala. Me costó días de trabajo. A veces me ayudaban mis hermanitos pequeños de 7 y 5 añitos. Tuve que arrancar hierbas, cortar algún arbusto, podar ramas de árboles que se metían en el camino y remover mucha, mucha tierra.

Era mucho más fácil utilizar un sendero ya hecho, que crear uno nuevo. El nuevo requería trabajo, concentración, intención y un firme propósito.

Nuestra mente ya tiene senderos creados, conexiones neuronales por las que caminan nuestras formas de pensar y reaccionar. Siempre los mismos caminos. Cuanto más se transita por ellos, menos hojas se acumulan, menos hierbas crecen y más fácil se hace caminar. Cuando nos sucede algo, se crean pensamientos  que caminan por esos senderos y nos llevan a un determinado comportamiento, que con mucha probabilidad se vuelvan a repetir. Por ejemplo, acabas de comenzar en un nuevo trabajo, tu jefa te corrige por algo que has hecho mal e  inmediatamente te sientes que eres un desastre y te hundes en el desánimo. Convencido de que jamás llegarás a hacer bien ese trabajo, te planteas dejarlo. Se lo cuentas a tus amigos y amigas que te dicen que eres muy exagerado. Ese sendero por el que han ido tus pensamientos es un sendero quizá creado en tu infancia en la que recibiste nula aprobación y cero refuerzo en casa y por los abusos sufridos. Cada vez que recibes una crítica, o discutes con alguien que te intenta hacer ver algo que tienes que cambiar, reaccionas con un abatimiento desproporcionado. Puede que explotes hacia dentro, te quedes en silencio y te escondas, o puede que explotes hacia fuera y montes un pollo descomunal. Se han formado en tu pasado, senderos de escasa autoestima. Si de pequeño/a se hubiesen creado senderos de una identidad saludable en tu bosque, tu comportamiento no sería destructivo, reaccionarías de forma más equilibrada y sin sentirte bajo amenaza.

Ahora sé que, cuando detecto que mis pensamientos caminan por ese sendero perjudicial, debo parar, retroceder, coger el pico y la pala y comenzar una nueva narrativa. A eso se le llama salir de mi zona de confort. A medida que camine por los nuevos senderos que he construido, los senderos antiguos no desaparecerán, pero sí se llenarán de malas hierbas y hojas amontonadas, lo cual hará cada vez más difícil que camine por ellos. Los senderos nuevos estarán cada vez más despejados, con la tierra aplastada y bien allanada, más anchos y fáciles de transitar. ¿Qué alguna vez vuelvo a un sendero antiguo? Puede ser. Es un proceso en el que tengo que ser más compasivo conmigo mismo y volverlo a intentar con la ayuda de los que me quieren.

María, superviviente de abuso sexual, sufre mucho de tensión acumulada en la zona de nuca y hombros. De vez en cuando no lo puede soportar y visita al fisioterapeuta. Siempre le dicen que tiene que aprender a relajarse. Sin darse cuenta vive en una alerta constante. Vive las emociones con mucha intensidad y le cuesta relajarse. El año pasado comenzó con ejercicios de Mindfulness y le vinieron muy bien. Es un largo camino que ha andado para llegar hasta este punto de comenzar a bajar el nivel de alerta: romper el silencio, establecer la responsabilidad del abuso, sentir las emociones, entender las consecuencias, encontrar apoyo profesional, de otras supervivientes, de familiares y amigos, confrontar a la persona agresora, perdonar, aprender nuevos comportamientos saludables, etc.

Con sus errores y aciertos, ha sido capaz de ser una buena madre con sus hijos, una buena compañera de camino de su marido, una buena amiga de sus amigas y alguien que ahora ayuda a muchas supervivientes a salir adelante. Pero el tema de seguir alerta y en tensión constante sigue siendo un caballo de batalla que, unos meses va mejor y otros un poco menos.

Los que convivimos con supervivientes de ASI, debemos recordarles lo mucho que ya han superado, que seguimos creyendo en ellas/os, que estamos orgullosos de lo fuertes que son, lo lejos que han llegado y que no pasa nada si tienen algunos días no tan buenos.

Joel de Bruine