EL PINCHAZO

Érase una vez un muchacho que volvía de pescar en el río a su casa en el pueblo. Tenía la misma bici de cuando tenía 5 años, aunque ahora ya tenía 12. Le quedaba un poco pequeña. Había subido el sillín y volante al máximo. Se acostumbró a la incómoda postura de ir con las rodillas dobladas. Se acostumbró al chirriar de las partes oxidadas de su tan apreciado vehículo. En realidad, no se daba casi ni cuenta de lo pequeña que le quedaba la bici, excepto cuando veía otros chavales con bicis más grandes. Pero no les prestaba mucha atención. Él no era de una familia pudiente que pudiese afrontar comprarle una bici mejor. Así que se conformaba con lo que tenía.

Volvamos al viaje de vuelta a casa. Era una tarde de verano, y casi era la hora de cenar. Mamá se preocupaba mucho si no llegaba a tiempo. Pedaleaba lo más rápido que podía. Poco placeres se podían comparar a los del viento en la cara mientras rodaba a toda velocidad.  En el momento en que abandonó el sendero de tierra y pisó el asfalto de la comarcal que le llevaba a la villa, se percató del desastre. La rueda delantera se había pinchado. Sabía que si seguía con la rueda en ese estado, terminaría destrozando la goma y habría que comprar un neumático entero. Y para eso no habría dinero. Sacó la bomba de su mochila e hinchó la rueda. El esfuerzo le hizo sudar bastante. Hacía mucho calor y el asfalto estaba ardiendo. Quizá el pinchazo no sería muy grande y aguantaría lo suficiente antes de desinflarse para llegar a casa.

Consiguió avanzar 1 kilómetro y la rueda se volvió a vaciar. Repitió la misma operación una y otra vez. Cuando hubo avanzado tres kilómetros ya estaba exhausto. Tardó diez veces más que cualquier otro día en recorrer esa distancia. Finalmente decidió ir a pie empujando la bici que le seguía obediente aunque se quejara chirriando. Solo quedaban 6 más. Estaba anocheciendo. Exhausto y agobiado seguía arrastrando los pies. Su madre estaría muy preocupada. De nuevo hinchó la rueda y consiguió avanzar 300 metros más.

Entonces, de repente, un pelotón de ciclistas seguidos de un coche le rebasó. Todos pasaron de largo, nadie paró. Rápidamente les perdió de vista al descender la carretera en una bajada de nivel. A lo lejos medio sol hundido en el horizonte. Entonces, para sorpresa suya, vio cómo le esperaba a lo lejos el coche que acompañaba al pelotón. Al llegar al coche, salió a su encuentro una mujer que se presentó como la entrenadora de los ciclistas del pelotón. Se ofreció a arreglarle el neumático. El niño reticente dejó que la mujer le ayudase. En menos de cinco minutos le pegó un parche y arregló la rueda. A continuación le invitó a pasarse por su taller y le dijo que le enseñaría a construirse su propia bicicleta.

Por fin pudo llegar a casa y tranquilizar a sus preocupados padre y madre. Durante días estuvo dudando si ir al taller o no. Le tenía mucho cariño a su chirriante e incómoda bici. Entonces sucedió lo peor, la cadena de su bici  se partió mientras pedaleaba, le hizo perder el equilibrio y calló al suelo sobre las rodillas. Viendo la sangre de sus heridas, se convenció de que debía ir al taller.

Le dieron una cálida bienvenida. Resultó que el taller era también una escuela. Le ofrecieron aprender el oficio de crear bicicletas. No tenía cómo pagar. Le dijeron que ya pagaría más adelante con la venta de su trabajo de curso final. A la siguiente semana, junto con otros diez alumnos aprendió el arte de la soldadura de metal, trabajar con el aluminio, taladrar, atornillar, pintar, etc. Una vez pasado medio año les mandaron crear una bici nueva a partir de una que fuese chatarra. Inmediatamente pensó en su propia bici, pero la mera idea de tener que desmontarla pieza por pieza, limpiar el óxido, añadir piezas nuevas, taladrar, cortar y soldar, para después ponerla a la venta, le atravesó el corazón y produjo un nudo en su garganta. Dejará de ser mi bici de siempre, el día de mañana compraré otra, pero será diferente. No me sentiré cómoda. Sin embargo, animada por los demás alumnos y para alegría de su instructora, decidió renunciar a su vieja compañera de viajes.

Entonces llegó el día, finalizó su trabajo. Recibió su diploma con una buena calificación. Ahora la bici se pondría a la venta en la tienda de bicis. Volvió a casa con una mezcla de emociones, por un lado orgullosa de su diploma, por otro triste por haber sacrificado su antigualla de metal oxidado. Al llegar a casa se encontró con sus padres que tenían una cara entre misteriosa y sonriente. Le indicaron que le esperaba un regalo en su dormitorio. Allí se encontró una sorpresa inesperada envuelta en papel regalo. ¡Era su propia bici que con tanto esmero había creado!

El placer que sintió montando su vieja pero nueva bici fue indescriptible. Subir cuestas con marchas era increíble. No escuchar chirridos y disfrutar el sonido del aire lo vivió como un lujo. Saber que era él quien la había ensamblado, le llenó de un desconocido orgullo. A parte de la bici, había una cajita de regalo más. La abrió y vio que era un kit de reparación por si volvía a pinchar en el futuro, junto con una nota que decía "gracias por arriesgarte a dejar atrás lo viejo y abrirte a lo nuevo".

No nos conformemos con sobrevivir al trauma vivido. Pensemos en la posibilidad de dejar la vieja bici atrás. Entremos al taller y aprendamos a reparar y renovar nuestra alma. Avancemos hasta llegar a subirnos a una personalidad restaurada que nos traslade a nuevas aventuras.