Testimonio de Paz. – Estudié psicología por saber si era un bicho raro.

Mi nombre es Paz, y durante 4 años sufrí abusos sexuales por parte de mi padre.

Antes de que yo cumpliera 3 años mi madre consiguió escapar de los malos tratos de mi padre y fuimos a vivir a Madrid con mis abuelos.
Mi infancia en general fue feliz, mi abuela nos cuidaba mientras mi madre trabajaba, y los veranos íbamos a Navarra, de donde eran mis abuelos, o a la playa de Estepona. Mis abuelos aunque nos querían mucho, en casa no había besos ni abrazos, las muestras de cariño que recuerdo eran de mis abuelos rascándome la espalda y poco más. Crecí siendo una “niña buena”, que intentaba no molestar ni dar trabajo, y sobre todo agradar y cumplir las expectativas de los demás. Mi abuela me enseñó a no fiarme ni hablar con desconocidos, a rezar todas las noches y a obedecer sin protestar.

A mi padre le volví a ver siendo yo muy pequeña, una vez que vino a Madrid de visita. Tengo muy pocos recuerdos de ese día, sólo que me ofreció un chicle, y yo obedecí como me habían enseñado, diciendo que no quería, algo que no le hizo ninguna gracia. La siguiente vez que le vi fue con 7 años, mis abuelos nos mandaron a Bilbao a pasar unos días en casa de mis abuelos paternos. En este viaje descubrimos por casualidad que mi padre había formado otra familia, y tenía dos hijas pequeñas. Por entonces mi padre justificaba que no nos pasara dinero porque mi madre había decidido que viviéramos en Madrid, y más allá de Somosierra él ya no tenía hijos.

Mi madre se volvió a casar cuando yo tenía 12 años, y mis abuelos se fueron a vivir a Pamplona. En ese año, mi padre volvió a aparecer en Madrid, nos llevó a comer ostras y nos regaló un montón de cintas de música. Poco tiempo después mi hermana mayor, que acababa de cumplir 18 años, se fue a pasar unos días a Bilbao con él y con su novia, que tenía casi los mismos años que mi hermana. Después de ese viaje, empezó a pasarnos dinero de forma temporal contratando a mi hermana en su empresa, sin el control de mi madre. Unos meses más tarde comenzaron los viajes a Bilbao del resto de hermanos, de forma esporádica durante las vacaciones.
Estaba muy feliz porque por fin tenía el padre que siempre había querido, y además era una persona a la que todo el mundo quería y admiraba, que se ganaba a la gente con su encanto e invitando siempre, haciendo alarde de generosidad y poder adquisitivo.

Recuerdo la primera vez que me metió mano y me tocó los pechos, fue una noche que dormimos todos en su coche, una Renault Espace. No era a la única a la que tocaba, tenía costumbre de meter la mano debajo de la camiseta a todas sus hijas, y lo hacía delante de la gente, era algo normalizado que yo sabía que sólo se hacía allí, pensaba que era su forma de mostrar cariño, aunque también sabía que no se podía contar al resto de mi familia porque no les gustaría.
En el verano en el que yo tenía 14 años me quedé sola en Bilbao, porque mis hermanas volvieron antes a Madrid. Fuimos a Burgos a cazar, mi padre, su novia y yo. En el hotel tenía que dormir sola, algo que me aterraba. Por la noche y después de tener pesadillas, fui a su habitación, y como su cama era pequeña para tres, su novia se fue a mi habitación. El aprovechó la ocasión y me violó. Tengo pocos recuerdos de esa noche y del día posterior, sé que me culpé desde el primer momento porque él me había advertido y yo no había hecho caso, lo había provocado por haber desobedecido y no quedarme sola en la habitación.

Las violaciones continuaron durante un par de años. No puedo recordarlas de forma cronológica, pero recuerdos sitios, frases, olores, canciones. Durante ese tiempo volvía a su lado porque le quería y hubiera hecho cualquier cosa por él sin dudarlo. Le escribía cartas y le llamaba siempre que podía, pero algo en mi interior me decía que no era correspondida de la misma manera, lo que hacía que me esforzara más por ser buena y hacer lo que se esperaba de mí.

Comenzaron los regalos, y como sólo me los hacía a mí, pensaba que los demás me preguntarían por qué y se darían cuenta, pero nunca nadie preguntó nada. De hecho mi madre me decía siempre que le pedía algo, que se lo pidiera a mi padre. A veces me sentía como una puta. En una ocasión le pregunté por qué lo hacía, me respondió que no me sentía como a una hija, porque apenas tenía recuerdos míos de pequeña, y que a él también le extrañaba. Él también sabía que en otras culturas era normal que los padres enseñaran a sus hijas a mantener relaciones sexuales, por eso pensaba que no era nada raro. Me dijo que si alguna vez me quedaba embarazada, era mejor que se lo dijera a él y no a mi madre. También me preguntaba si tenía relaciones sexuales con otros chicos, me daba recomendaciones para disfrutar más.

Sé que hay gente de su entorno que sí se dio cuenta de lo que pasaba, porque en una ocasión un trabajador suyo nos vio, y en otra ocasión mi padre me preguntó si yo le había comentado algo a su novia, porque ella le había preguntado si había hecho algo conmigo. En una de las últimas veces que estuvimos juntos, recuerdo acabar vomitando, y volver a Madrid pensando que ya no podía más. Por entonces ya estaba con mi primer novio, y sentía que estaba traicionándole. Este fue uno de los motivos que me hizo no volver a Bilbao nunca más sola, las veces que volví siempre fue acompañada, porque sabía que era mi seguro para no volver a estar a solas con él.

Cuando yo tenía 16 años, mi madre castigó a mi hermana mediana a ir a Bilbao, y al poco tiempo ella se quejó de que mi padre la tocaba. Mi madre me preguntó si era verdad, si a mi también me había tocado, y aterrada le respondí que no. Pero lo siguiente que hice fue dejar mi primer trabajo e ir a Bilbao a por mi hermana. Amenacé a mi padre con contarlo, y él me intentó pegar. Conseguí que mi madre permitiera volver a mi hermana, y mi padre nos llevó hasta Pamplona a la casa de mis abuelos, metiéndome dinero en el sujetador cuando se despedía. Esa vez mi abuela le dijo a mi abuelo delante nuestro que nos veía muy tristes, y si no sería porque nuestro padre estaba abusando de nosotras, mi abuelo le respondió que no lo creía, y yo sólo quería que me tragara la tierra. Más tarde supe que en la familia de mi abuela también hubo abusos sexuales.

Desde ese momento, conté mis abusos a los novios que fui teniendo, porque pensaba que si no lo hacía les engañaba haciéndoles creer que era otra persona, sin ese defecto que me caracterizaba. Estudié psicología para saber si era un bicho raro, porque sospechaba que posiblemente no sería la única con ese problema. No quise contarlo a mi familia, no sabía cómo explicarlo y me daba muchísima vergüenza porque me sentía muy culpable. Sólo lo supo mi hermana mediana porque con 18 años le pedí a uno de mis novios que se lo contara, porque yo no podía. Pasaron 10 años y mi hermana quiso contarlo a mi madre y hermanos, porque mi hermana mayor todavía tenía bastante relación con mi padre. Siento que se hizo un luto, y se volvió a meter el asunto en un cajón, hasta casi 20 años después, que me apunté al GAM (Grupo de Ayuda Mutua) de Crisálida. Sin duda, una de las mejoras cosas que he hecho en mi vida.

El GAM me ha permitido por primera vez en mi vida hablar con personas que me entienden, que no me juzgan, que me han arropado y me han dado las fuerzas y el apoyo que necesitaba para poder afrontar lo que quería hacer desde hace mucho tiempo, que era escribir la carta a mi agresor en la que le perdono para poder pasar página y continuar con mi vida. He podido ir a Bilbao para asegurarme de que recibía la carta, y he aprovechado para dársela también a mis primos y a mi tío, para que sepan por qué me fui y nunca más volví, y sobre todo para que sepan qué tipo de persona es el que fue mi padre biológico. Me gustaría poder recuperar a esa
parte de la familia que perdí, y que la familia que tengo pueda hablar conmigo de los abusos y nos queramos más y mejor.

Paz