Decidí que yo no quería sobrevivir, quería vivir.

Mi nombre es Elsa y este verano cumplí 27 años, puede que sea el primer cumpleaños de mi vida que no ha estado cargado de resentimiento, tristeza y asco.

Este verano no fue perfecto en absoluto, pero al menos es mío. Hace 20 años me quitaron muchas cosas, una de ellas fueron los veranos.

Recuerdo como la profe preguntaba a mis compañeros de clase ¿Que tal las vacaciones, que habéis hecho este verano? Yo había respondido a aquella pregunta otros años, con ilusión, hablaría del mar, de los juegos y de las comidas, pero aquel año me quedé callada, esperando por si algún otro niño decía “Pues este verano un hombre abusó de mi”. Y me quedé callada, esperando durante 20 putos años.

Algunos de los supervivientes podemos afirmar que sí, sobreviví, estudié, trabajé, tuve una “vida normal” pero este año, cuando decidí que no podía más, también decidí que yo no
quería sobrevivir, quería vivir. No fue una decisión consciente, 20 veranos de rencor me golpearon un día, sin aviso, había conseguido convertir heridas abiertas en demonios, sin darme cuenta. Algunos dicen eso de "la presión convierte al carbón en diamante” yo creo que la presión te puede convertir en tu peor versión.

Gracias a Crisálida descubrí que no tenía que quedarme callada en mi pupitre, congelada en el miedo de los 7 años y en llamas de 20 años de ira, era un estado de malestar perpetuo. Me encontré con otras personas que nunca había visto y unos porcentajes de escándalo. ¿Cómo pude caminar sola en un mundo en el cual uno de cada cuatro niños sufre abuso?
Yo jamás lloré con mi historia y ahora no puedo escribir estas líneas sin llorar, pero antes tuve que llorar por otros, llorar por la realidad y al final llorar por mí.

Esa cosa que me robó los veranos,  fue un hombre que le alquilaba una residencia vacacional a mi familia, tenía mujer, hijo y nieta.

Paulatinamente, con absoluta premeditación comenzó a jugar a un juego de presiones, mentiras y chantaje para acabar abusando de mi, besos con lengua, tocamientos y podría
haber seguido hasta el final, si es que en la mente de estos monstruos hay un final. El final empieza cuando deciden tocar a un niño o niña y ese es el principio de nuestro abismo
personal.  Los datos de mi abusador es lo único que poseo de un delito que nunca se denunció y cuya penitencia solo he pagado yo.

Y se lo conté a mis padres, nos fuimos y se acabó.

Me gustaría decir que se acabó de verdad, yo antes lo pensaba, la sociedad, la familia, todo me empujaba a caer en el rol de mujer fuerte, indestructible, capaz de superar eso y mucho más, es lo que se espera de nosotras, no molestes. Jamás se trató el problema y aunque en alguna ocasión yo intenté sacarlo y los síntomas: terrores nocturnos, ansiedad.. llenan ni mi infancia, nunca pareció algo lo bastante grave.

Funcionó durante algún tiempo, cuando yo me llenaba de orgullo, sola en mi pupitre en llamas, pensando en lo fuerte que era, pero veía a otros hablar de su fortalezas, de sus logros, de sus dolores y su superación. Y yo no podía hablar de mis demonios.

A día de hoy sigo sin pasar un día de mi vida sin recordar lo que pasó, eso puede que nunca cambie.

Nunca fui consciente de cómo todo aquello se había convertido en una sanguijuela descomunal, llena de sangre y odio, de abuso del alcohol, drogas, tabaquismo tremendo, bulimia a ratos, ansiedad social, problemas de concentración, de relaciones… Todo ello bien maquillado y enmascarado, sutil, no es para tanto, otros están peor… Siempre excusas, no molestes.

Para tanto o para tan poco, descubrí esa cosa pegada a mi y si no es mía no la quiero. Ahora estoy trabajando en saber qué es mío y qué no, a pedir respeto, a no caerme a mil metros bajo tierra solo por tropezar, a no dejarme consumir por la autodestrucción y a vivir con todo esto.

Deseo que mi familia y mi entorno sigan abriéndose al tema, aunque es una tarea complicada, en la que a menudo me rindo y que recae en el superviviente. En esta sociedad el abuso sexual infantil es tabú. El abuso nos destroza como os he intentado transmitir, pero cuando por fin damos el paso, nos hunde el silencio, el rechazo y la falta de apoyo.

Abandonad el autoengaño egoísta que os lleva a ocultar nuestro dolor. Yo le he expresado, me he abierto, fueron años de negación pero cuando di el paso, incluso con mi familia más
cercana la empatía le duró un suspiro. No somos actores excepcionales, sois verdaderos censores emocionales. Me rodean dos tipos de personas. Unas me quieren pero no quieren saber, nos animan a contarlo, a compartir, a expresar el dolor...hasta que lo haces y ven que esto no es una película, que contarlo no es el final y que cuidarnos no es sólo una palmadita en el hombro, a veces su ignorancia, nos hace sentir culpables, que no fue para tanto y nos empuja al anterior estado, no molestes. Otras, normalmente también supervivientes, se molestan en entender nuestro sufrimiento y algunas, excepcionales, sin haberlo sufrido son capaces de ser un apoyo.

Este testimonio va dedicado a los supervivientes que comparten a pesar de su gran dolor, a aquellos que ya no pueden pues decidieron abandonar este mundo, al equipo de Crisálida y a aquellas personas que son la definición de empatía, capaces de entendernos sin tener que pasar por lo mismo, en mi caso, la única, mi pareja, el hombre que consiguió que yo
rompiera el silencio. Os quiero, donde estéis, vuestra existencia es la razón para no perder la esperanza.

Elsa.