LOS CABEZABUKS

Érase una vez un mundo en el que vivía gente que en vez de nacer con una cabeza normal y corriente, nacían con un libro por cabeza. Era como si tuviesen un tejado de papel en lugar de una cabellera. Se llamaban Seres Cabezabuks.

En cada libro particular, podías encontrar frases escritas por diferentes autores. Esas frases se habían convertido en los pensamientos de la persona cubierta por ese libro. Unos hilos parecidos a los del cable de fibra óptica de internet conectaban el libro con el resto del cuerpo.

En este mundo la gente no hablaba, no tenían cuerdas vocales. Podían comer y saborear la comida, pero su forma de comunicarse era diferente. En lugar de hablar salía flotando de entre sus páginas una frase que viajaba por el aire, a mayor o menor velocidad, hacia las páginas de la otra persona con la que se comunicaba. Esta frase se quedaba impresa en alguna de las hojas de algún capítulo en particular.

Había personas que lanzaban muchas frases y otras que lanzaban pocas. Unas eran más de recibir frases y otras eran de generar más las suyas propias. Cuando estaban enfadadas y gritaban, las letras salían en mayúsculas. Cuando decían cosas cariñosas las letras eran en cursiva. Si estaban dando una clase, solían usar Arial 12 y un lenguaje más técnico. Si contaban algo triste o que daba miedo la tinta chorreaba un poco con un aspecto más fantasmagórico. A la gente que no se le entendía bien era porque usaban caligrafía como la de los médicos. Los que eran muy graciosos conseguían incluir letras en movimiento constante que daban saltos acrobáticos. Las personas creativas con mucha fantasía siempre usaban tinta de colores. Incluso alguna muy traviesas escribían las letras del revés.

Al nacer, casi todas sus páginas estaban en blanco. Aunque había frases ya escritas con vocales y consonantes incomprensibles pero cargadas de emoción. Podías, por ejemplo, encontrar escrito un llanto que transmitía hambre, dolor, incomodidad o necesidad de abrazos afectuosos. Era un llanto con mucho significado pero que aún no había aprendido a convertirse en lenguaje. Con el tiempo, si todo iba bien, la persona cambiaría los lamentos y gemidos por palabras. Aun así, incluso siendo ya adulta, si la persona no encontraba las palabras adecuadas y le embargada la emoción, volvería a utilizar el lenguaje de sus primeros días.

Ya en los primeros meses las actitudes y acciones de los padres se convertían en frases ininteligibles pero llenas de sentido en las páginas del bebé. Si lloraba al necesitar un cambio de pañal y uno de los padres tardaba mucho en atenderla, se escribía el mensaje de que en la vida para conseguir algo, hay que realizar un tremendo esfuerzo. Esa persona, ya de mayor, quizá se enfrentaría a las adversidades de la vida con más desesperación y angustia que otras personas, ya que ese mensaje estaba escrito en sus primeras páginas. Si ante el llanto, al mínimo sonido, uno de los padres le atendía de inmediato, con ansiedad y sin demora, entonces se escribía el mensaje de que no necesitaba hacer esfuerzo alguno en la vida para conseguir nada, que todo le era dado de inmediato por todo el mundo. De mayor esa persona, podría desanimarse muy rápido ante la más mínima dificultad ya que en sus primeras páginas estaba escrito que todo era muy fácil. Supongo que él truco estaba en encontrar un equilibrio entre esos dos extremos.

Resulta que no solo las cabezas de las personas estaban cubiertas de libros, su casas también estaban cubiertas por libros en lugar de vigas de madera y tejas. No importaba el edificio. Podían ser edificios comunes como casas familiares, escuelas, oficinas, edificios de la administración gubernamental, iglesias, universidades, etc. En esos tejados de papel se escribían las creencias que se creían en común como familia o como institución. Unos edificios eran ideologías, otros religiones, ideas políticas, entretenimiento, expresión artística y culturas particulares. Cada frase estaba escrita a mano y tenía diferente caligrafía ya que venía de diferentes personas que las comunicaron por primera vez. Eran frases grandes, imponentes y difíciles de rebatir. Quizá las dejó escritas una tatarabuela, un ancestro de hacía quinientos años, un profesional de algún oficio o un pensador de la antigüedad... Eran frases heredadas tales como: "Se amable y cree lo mejor de los demás, ya que eso abre las puertas a la vida". "Hay que ser solidarios con las personas extranjeras ya que la vida no es fácil para ellas". "Ten fe en ti mismo y cultiva tus habilidades". “Todo trabajador tiene derecho a una conciliación familiar”. "La vida es un regalo, el agradecimiento es la cura de muchos males". “Todo el mundo es igual ante la ley”. “No dejes que muera nunca tu niño o niña interior”.  "Vales un potosí”, etc.

Otras frases podían ser más tóxicas y perjudiciales: "Los trapos sucios se lavan en casa y no se comentan fuera". "En esta casa quien manda es papá". "La opinión de los niños no importa, solo hablan los adultos". "Piensa mal y acertarás ", “La culpa de todos los males sociales son de una raza en particular”: “Tienes que obedecerme porque soy la autoridad”, “En realidad me quiere, aunque a veces me maltrate”. “La culpa de lo que te pasa es tuya”. “Para este sistema no eres más que un número, no eres una persona”. etc.

Las personas que se reunían en esos lugares solían pensar de forma parecida. No solían visitar otros edificios que tuviesen frases opuestas o diferentes. Les gustaba la seguridad que les daba estar rodeadas de otras personas que tenían las mismas frases que ellas escritas en sus libros. Algunas incluso trataban a la gente de otros edificios como si fueran sus enemigos.

En algunos barrios, tenías un lado de la calle con la portada de los libros techo pintados de un color, y las casas de la calle de enfrente de otro. A veces ponían una valla de alambrado creando nuevas fronteras por las que era difícil pasar. En ocasiones terminaban lanzándose piedras y si la cosa se ponía fea lanzaban bolas de fuego incendiando los techos cuyas ideas escritas desaparecían para siempre.

Eran frases que sin esfuerzo se copiaban en las cabezas de aquellos que se criaban bajo los techos de esos hogares, instituciones, empresas o lugares de reunión social. Ya cuando se hacían mayores, se mudaban creando su propia casa. Muchas, pero que muchas de las frases del tejado que antes les cobijaba, las copiaban en sus nuevos tejados. Y así continuaba el ciclo de la vida en el que las mismas creencias que se heredaban se volvían a repetir una y otra vez.

Dependiendo de las vivencias en el hogar, las frases que se iban escribiendo en las páginas de los niños y niñas cabezabuks eran frases del tipo: "Qué bonito es el amor, mis papas se dan besos cariñosos". "De mayor tendré éxito ya que en esta casa tienen fe en mi". "Soy una persona valiosa ya que mi voz es escuchada con atención". "Me siento segura ya que me ponen límites saludables". ""No me merezco que me traten mal y por eso pondré límites claros a las personas que quieran abusar de mi".

O, por otro lado, frases más oscuras: "Mis padres no se quieren y tan solo se comunican para discutir, el amor maduro en pareja es imposible". "La comunicación es una tarea imposible y llena de obstáculos". "Toda discusión termina en explosiones de ira". "No soy una persona valiosa porque se me abandona." "Debo ser culpable de algo muy malo porque siendo niña mi familiar me utilizó sexualmente ". "Los moratones de mi cuerpo, causados por los que me debían proteger, me dicen que la vida es fea".
A medida que iban creciendo, esas mismas frases se volvían a escribir una y otra vez sobre la primera que se escribió. Se sobre escribían. Las letras se volvían cada vez más gordas y resistentes a ningún borrado. Pero ¿se podrían borrar? Bueno, eso es difícil de decir. Pero es verdad que en ocasiones, había frases que dejaban poca huella y casi no se podían ni leer si el evento no era muy intenso. Sin embargo, otras eran de tinta muy resistente e indeleble ya que se escribían con mucha fuerza al estar ligadas a una intensa emoción, tanto las saludables como las destructivas.

En ocasiones, algunas personas cabezabuks eran capaces de apretar con tanta fuerza sus páginas las unas contra las otras, que la frase que flotaba hacia ellas o la que era lanzada con fuerza hacia su cabeza, rebotaba contra los bordes de las páginas y no conseguía entrar. Otras hacían lo contrario, abrían mucho sus páginas y las movían con fuerza creando una corriente de aire de tal forma, que las frases pasaban de largo y no conseguían posarse .

Había cabezabuks, un poco charlatanes, que vendían gomas mágicas. Aseguraban que podías olvidar. Otros aseguraban ser capaces de quemar páginas de tu cabeza sin dañar las demás páginas. Algunos te daban drogas extrañas, para que todas las frases de tu cabeza se volviesen borrosas y dolieran menos.

En algunas calles, normalmente un poco escondidas, existían casas muy interesantes, coloridas y con jardines preciosos, que enseñaban algo diferente. Su interior era cálido, acogedor, de aire limpio y fresco. Las frases que flotaban en el aire eran afirmaciones acerca de tu valía y tu belleza. Frases que te invitaban a hacerte responsable de las frases que habían escritas en tu propia cabezabuk. Frases llenas de compasión y comprensión. Casas en las que enseñaban a la gente a creer frases que les hiciesen menos pupa. Muchos entraban preguntando si les podrían vender una goma de borrar gigante. Pero se les enseñaban que las frases no se podían borrar. Muchas personas entraban y contaban que había páginas de su libro que no se atrevían a abrir, pero que de alguna forma las letras atravesaban como cuchillas el resto de páginas y terminaban sangrando igual.

 

Se les enseñaba que había que aprender a distinguir las frases perjudiciales de las beneficiosas. Había que aprender a auto cuidarse. Había que rodearse de personas de cuyos libros saliesen frases que hacían bien, que hicieran cosquillitas, que fuesen suaves, valientes y llenas de afecto. Podías aprender a escribir tú misma frases nuevas en tu libro. Y en las páginas de frases feas, lo que podías hacer era escribir por encima frases bonitas, adornadas con flores, mariposas, estrellas y animalillos.

 

No se podían borrar las feas, que de vez en cuando intentaban escabullirse y salir entre los huecos y hacerse oír. Pero poco a poco, las nuevas frases iban cogiendo fuerza y protagonismo. La frase tóxica no es que desapareciese, simplemente perdía fuerza. Las frases nuevas, cada vez brillaban más y contagiaban de una magia liberadora al resto del mundo de los cabezabuks.